MIGRAR
Notas de lectura de Un séptimo hombre. John Berger (Capitán Swing 2014)
Los libros son una memoria atemporal. Se mantienen vivos porque el lector se aproxima desde su contemporaneidad y su circunstancia. Estas notas de lectura pertenecen a una aproximación sobre mi condición actual de migrante respecto al libro de John Berger, publicado inicialmente en 1975, bajo el título de A seventh man: migrants worker in Europa. Esta reedición conserva los datos que contrastan con los datos actuales, pero las ideas del sujeto migrante se mantienen muchas de ellas vigentes.
[No tener un hogar es no tener un nombre. Él. La existencia de un trabajador emigrante]
Más de cuatrocientas personas desalojadas de un instituto abandonado en pleno invierno. La autoridad local muestra como un trofeo de guerra las puertas cerradas del edificio. Esta medida incrementa en un 20% la cifra de personas sin techo en la ciudad. Protestas. Enfrentamientos contra los policías. Decenas de carpas improvisadas bajo los puentes, en parques o en zonas descampadas. La derecha imagina que este movimiento le servirá para recuperar el espacio que la extrema derecha le arrebata año a año. La rentabilidad del odio es el nuevo capital político de los neofascismos; mediante la criminalización del otro, que subsiste en la precariedad, pervive el poder del capitalismo en las instituciones democráticas.
[Para vivir, puede vender su vida]
Las bibliotecas son los refugios de quienes no poseen un hogar. Desplazados a un afuera, encuentran en los lugares públicos un espacio para descansar o asearse. Junto a unos estantes de libros de fotografías un hombre de origen africano se seca con una toalla el cuello. Hace unos instantes usó el baño de la biblioteca para asearse. Me acerco al estante cerca del hombre y un libro me llama la atención. En la portada, un hombre sobre una escalera limpia un cristal que, a su vez, pareciese que se estuviese borrando a sí mismo. Esa correspondencia entre el libro y el migrante lo tomo como una señal.
Nuestros desplazamientos podrían haber sido diferentes, pero ambos somos migrantes. Él podría haber recorrido miles de kilómetros y cruzar peligrosamente el mar Mediterráneo y yo, en un avión desde América del Sur. Las motivaciones de salir podrían diferir en la intensidad. Él huye del infierno de la pobreza y yo, de la incertidumbre de un país hundido en la corrupción. Él podría ser uno de los desplazados del instituto y yo, alguien que busca la regularización en el país con mayor posibilidades, por los convenios con mi país de origen. Pero ambos, estamos allí, en el mismo territorio de ser sujetos migrantes, un afuera constante.
El libro fue publicado inicialmente hace cincuenta años, pero muchas afirmaciones aún siguen vigentes. Solo varían los desplazamientos humanos. Un séptimo hombre: Imágenes y palabras sobre la experiencia de los trabajadores emigrantes en Europa, de John Berger, viene acompañado de numerosas fotografías del suizo Jean Mohr. En sus páginas se analiza qué impulsa a los migrantes para salir de sus lugares, describe las condiciones de trabajo que aceptan para conseguir el dinero que no pueden conseguir en sus propios países y comenta cómo es el retorno de los migrantes en calidad de “héroes”, si retornan. Este relato extenso se complementa con la fuerza de la mirada de Jean Mohr, cuyo ojo humaniza el drama, otorgándole la textura de la incertidumbre y de la esperanza humana a los migrantes. El registro de la memoria de la humanidad.
[Los trabajadores emigrantes parecen ser en la actualidad indispensables para la economía de Europa]
El mapa de los desplazamientos del libro es diferente al mapa actual.
Portugueses, españoles, italianos, griegos, turcos y europeos del este atravesaron las fronteras hacia los países industrializados, como Alemania, Francia, Suiza e Inglaterra para trabajar en las fábricas, en el campo o en labores que los mismos residentes de los países de destino no deseaban realizar. En un viaje azaroso, se enfrentaban a una cultura y un idioma diferente, a los rigurosos controles fronterizos y a una selección de trabajadores como si fuesen a campos de concentración. Una vez que conseguían cruzar la frontera, les esperaba un trabajo en duras condiciones, sea su condición “legal” o “ilegal”. En algunos casos, el empleador les brindaba una cama en alojamientos o en barracones. En otros casos, algunos tienen que compartir habitaciones miserables, alquiladas por los llamados “traficantes de sueño”, en camas ocupadas en tres turnos diferentes durante las veinticuatro horas del día.
En la actualidad, miles de migrantes cruzan extensas distancias y océanos para formar parte de la fuerza laboral de los países con economías más estables. Esta aventura no es fácil, como lo relata Berger en su libro. Enfrentan las mismas dificultades, las mismas condiciones, asumen trabajos temporales no calificados o trabajos con salarios que nadie desea realizar.
En España, los migrantes cubren los sectores de servicios, construcción, industria y agricultura, llegando a representar un 14% del total de afiliados a la seguridad social. Los migrantes en situación irregular viven en una situación de vulnerabilidad, pero aun así, realizan labores de cuidados y hogar, agricultura y reparto de todo tipo de productos, con jornadas de más de 12 horas al día y sin cobertura de accidentes.
[Sacrificar el presente en aras del futuro]
“Vienen aquí, ¿y para qué vienen?”. Llegan dispuestos a ofrecer su trabajo, su fuerza laboral está lista para ser consumida. Y para el migrante, la única realidad es el trabajo y el cansancio que le sigue. Despolitizados, el migrante trabaja con la esperanza de progreso individual y familiar. Viene a vender su trabajo como una mercancía. Pensar políticamente es desafiar al sistema que lo acoge y no es parte de su lucha. En algunos meses he escuchado testimonios de migrantes que llevan años en España, cuyas experiencias llenarían páginas de un libro de crónicas y cuya visión de vida se ha transformado, porque han conseguido aquello que los motivó dejar sus países de origen. Otros, quienes llevan poco tiempo, se refleja lo que Berger narra en su libro. Viviendas hacinadas, trabajos precarios o de alta exigencia no calificada, miedo a ser deportados y vivir en un presente constante, además de asumir una etapa parecida al duelo, por dejar su arraigo en su país, y parafraseando una expresión atribuida a Pessoa, migrar es perder países.
En la actualidad existe mucha información sobre la migración y la contribución a la sostenibilidad de economías de los países de destino, de aportar futura mano de obra debido a la tasa de natalidad de 1,12 hijos por mujer en España, además de otras razones positivas de quienes viajan huyendo de la violencia económica o social de sus países de origen.
El libro de Berger tiene una contemporaneidad porque ofrece una mirada retrospectiva para mantener la memoria de cómo se han construido las sociedades contemporáneas, bajo las mismas contradicciones y tensiones, pero que el sujeto migrante no es alguien que está en ese afuera, sino que pertenece a la misma dinámica de quienes han nacido en los países que los acogen en el aspecto económico. Además, Berger contribuye en el campo de ideas para romper aquellas taras contra los migrantes que calan día a día, para mantener a una clase política parasitaria de la ultraderecha dentro del poder político.



